No era la muerte una realidad que pudieran experimentar los seres vivientes antes de la caída de Adán y Eva, el primer hombre creado sobre la tierra, padre y patriarca del género humano, y su esposa, la primera mujer que fue creada.
La transgresión que protagonizaron en el Jardín del Edén, provocó la caída de la raza humana, y como resultado se introdujo la muerte.
Sin embargo, y en virtud de que esa caída estaba contemplada por nuestro Padre Celestial, y a consecuencia de ella se abrió para la humanidad la posibilidad de progreso sobre la tierra, son merecedores de honra y herederos de la gloria eterna.
La muerte es la separación del cuerpo y el espíritu, pero en virtud y por los méritos de la expiación de Jesucristo, esta separación es temporal.
Jesucristo venció a la muerte y ha ganado para la humanidad el don gratuito de la resurrección, independientemente de que haya sido obediente o no. Y luego de la resurrección, la muerte ya no tiene más poder.
Alma, un profeta del Libro de Mormón, nos explica que este cuerpo terrenal se levanta como cuerpo inmortal, de modo que ya no puede volver a morir. Los espíritus se unirán a los cuerpos y ya no serán separados nunca más. Esta unión se torna espiritual e inmortal, para no volver a ver la corrupción (Alma 11:45).
La muerte, y el estado de los espíritus que han abandonado el cuerpo, es materia que inquieta a muchos y genera gran cantidad de interrogantes que incitan a la indagación.
Afortunadamente este controvertido tema tiene sus respuestas, y el camino para acceder a ellas está libremente dispuesto para todo buscador sincero.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (también conocida como Iglesia Mormona), explica la verdad sobre esta importante cuestión, por cuanto como Iglesia Restaurada por Jesucristo, es poseedora de las revelaciones concernientes a todos los aspectos de la salvación. La muerte y la realidad espiritual, como sabemos, revisten una importancia fundamental a la hora de comprender el Plan de Salvación, la obra expiatoria de Cristo, y el propósito de nuestra realidad existencial.
La doctrina mormona nos permite conocer los grados de gloria que nos aguardan después de esta vida, y nos comunica otras verdades que nos proporcionan gran consuelo, al enseñarnos de qué manera podemos ayudar a quienes ya han abandonado el cuerpo material.
Así sabemos de los diferentes reinos que nuestro Padre Celestial ha dispuesto para sus hijos, excepto los de perdición (son aquellos que pecan más allá de la posibilidad de arrepentimiento, y por lo tanto de ser alcanzados por los méritos de la Redención).
Al morir, el cuerpo físico se queda inerte en la tierra y el espíritu va al Mundo de los espíritus. Allí todos aguardan la Segunda Venida de Cristo. Después de esto vendrá el Milenio y por último el Juicio Final. Cada uno de nosotros recibirá, en el Juicio Final, una morada eterna en el reino de gloria que hayamos merecido según nuestras obras en la carne. Estas son las “muchas moradas” que Jesucristo nos dijo que hay en la casa de su Padre.
La revelación de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nos permite conocer estos reinos, a saber:
Gloria Celestial: Es el más alto grado, donde moran los justos junto a Dios. Es la salvación plena y se lo compara con la gloria del sol.
Gloria Terrestre: Es el segundo de los tres grados de gloria que podemos heredar. Se lo compara con la gloria de la luna.
Gloria Telestial: El más bajo de los tres, comparado con la gloria de las estrellas. Aquí van los malvados, pero con esperanza de aceptar el Evangelio con arrepentimiento genuino y la salvación en Jesucristo.
Es importante saber además, que las verdades eternas, el Evangelio de salvación, se enseñarán en todos los reinos.
Se invita a todos los interesados a conversar con los misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sobre otro importantísimo aspecto del Plan de Salvación, cual es el bautismo vicario que nosotros podemos realizar en beneficio de quienes ya han muerto.